Sostenibilidad, tecnología, arquitectura y el ser humano

La semana pasada me encontré con este interesante post, supuestamente sobre Casas inteligentes. Interesante por la cantidad de temas que mezcla, bajo el tema más escueto del panorama de la construcción actual. Después de una introducción sobre todas la cosas “guays” que podrán hacer por sí mismas nuestras viviendas dentro de 30 años, relata tres historias muy humanas de personas con problemas diversos y las soluciones espontáneas y aliviadoras que han encontrado (presuntamente gracias a la “inteligencia” posible de las viviendas).

Tenemos: un apartamento de lujo de 12 m² en un parking, un veterano de guerra sin extremidades que vuelve a una casa adaptada y una escarmentada del ansia de la propiedad inmobiliaria desproporcionada que ha encontrado el encanto a los 20 m² que le salen tirados de precio gracias a un diseño de consumo controlado.

Está claro que mezclamos churras con merinas en este momento de desenfreno idealístico de la arquitectura y el urbanismo en que nos encontramos. Cierto es que las nuevas tecnologías cambian y cambiarán, afortunadamente, la vida de miles de discapacitados cada minuto, pero en muchos otros casos las estamos empleando para los fines equivocados. El aprender a vivir con espacios más pequeños y sistemas más sostenibles es algo que se ha hecho durante siglos. Y el apropiamiento de espacios residuales en zonas públicas para instalar viviendas, también. Simplemente, para ver el amanecer se salía a la calle en lugar de reproducirlo en su interior.

Hay una delgada línea entre la tecnología que soluciona problemas y la tecnología que crea necesidades, por mucha forma de problemas que nos guste darle. La tecnología ha constituido una fuente de inspiración y un reto en la arquitectura en el último siglo, pero no se entendía como un cebo para cliente, sino como un camino de aprendizaje y experimentación para el arquitecto. Los grandes de los 60 y 70 hacían virguerías determinando los límites del hormigón, el vidrio o el metal para dar al usuario de los edificios un espacio interior mejor y al edificio un valor estético añadido.

Hoy buscamos que el usuario gestione su casa sin moverse de la silla. Y esto está quitando importancia a los verdaderos problemas de confort (calidad de aire, falta de iluminación o de ventilación) y de derroche energético. Ciertamente, muchos productos dirigidos a mejorar la gestión energética doméstica están sembrando el mercado: dispositivos de control solar que se activan en función de la radiación, la temperatura y las necesidades térmicas interiores están muy bien para que la vivienda no se nos desmadre mientras estamos fuera. Sin embargo, no termino de verle la rentabilidad a poder encender la tele de la cocina desde el sofá del salón. ¿No es más fácil así que se nos olvide apagarla al salir?

La peor parte es que el usuario está (fijo) más animado a pagar el dineral por una tableta omnipotente de “loquesea” que por un sistema que realmente vaya a terminar teniendo un impacto (positivo) en la factura mensual, y ya de paso, en el medio ambiente. De hecho lo que parece es que tenemos una masa de usuarios desesperados por gastar su dinero en cosas que específicamente NO sean amortizables, como un baño estilo zen o un iPhone 6. Paradójicamente, la única vía que los defensores de la sostenibilidad y la eficiencia energética han encontrado para vender el asunto a la gente es precisamente el cálculo ajustado y la demostración de la rentabilidad de la inversión.

Es inevitable admitir que existe un sistema y que es muy difícil de vencer: que recuperar un parking abandonado u otros espacios públicos residuales para usos más demandados son iniciativas que se están implantando en todas partes del mundo, pero que no es una cuestión tan fácil, hay múltiples barreras que derribar y eso no va a solucionar el problema de la vivienda, más bien al contrario, simplemente se reubicaría todo el mercado para que las plazas de aparcamiento pasaran a costar lo que una vivienda (y quien no lo crea, que se entere de los precios de las plazas de garaje allá por el año 2007 cuando todo el mundo quería una).

Sin embargo y como siempre digo, pocas profesiones tienen el privilegio de poder lograr un impacto así en el día a día de una persona como la de la arquitectura. Cierto es, que pocas profesiones tienen el impacto en las decisiones del arquitecto como la del promotor y que de ahí deriva toda la cadena de desastres por los que se conocen y conocerán estás últimas décadas.Pero de cualquier manera, aunque el margen de movimiento en este momento es reducido, animo a todos los arquitectos a desarrollar ideas que mejoren la calidad de vida de todos aquellos que puedan e intenten dejar de lado esta confusión que se está extendiendo entre eficiencia energética, conciencia, sostenibilidad, lujo, derroche y demás.

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Almudena López de Rego
Por
Almudena López de Rego

Redacción de CTE Arquitectura

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